LA CENA DEL SEÑOR

(Mensaje expuesto por el Pastor Juan Sanabria Cruz el 28/12/08)


La Santa Cena es un Sacramento, es decir, una señal visible de lo que se recibe espiritualmente. En ella se representa a Cristo mismo como dador de vida eterna por medio de su sacrificio sustitutorio. Si en el Bautismo se sella el Pacto de gracia, en la Santa Cena dicho Pacto se ratifica o se confirma. Si el Bautismo representa el comienzo de una nueva vida, la Santa Cena significa el alimento celestial de esa nueva criatura.

A continuación paso a responder sobre preguntas que se plantean en relación a dicho Sacramento:


1. ¿QUIÉN PUEDE PARTICIPAR DE LA MESA DEL SEÑOR?


a. Aquellos que han sido bautizados y han hecho profesión pública de su fe.

Con esto queremos decir que solo pueden participar de la Mesa del Señor los que han sido agregados a la iglesia por medio del sacramento del bautismo y que habiéndose arrepentido de sus pecados han hecho pública su fe en Cristo como único y absoluto Salvador.

Siendo la Santa Cena el equivalente de la Pascua del A.T. y el Bautismo la Circuncisión en el A.T., entendemos que si para participar de la Pascua había que estar circuncidado igualmente para participar de la Mesa del Señor hay que estar bautizado, mostrando así su separación del mundo y su pertenencia al pueblo escogido por Dios.

“Toda la congregación de Israel lo hará. Mas si algún extranjero morare contigo, y quisiere celebrar la pascua para Jehová, séale circuncidado todo varón, y entonces la celebrará, y será como uno de vuestra nación; pero ningún incircunciso comerá de ella. La misma ley será para el natural, y para el extranjero que habitare entre vosotros.” (Ex 12.47-49).

Algunos piensan que el A.T. no tiene valor hoy día y que por tanto este principio no puede ser aplicable, sin embargo Las Escrituras no se contradicen y de hecho es que el N.T. no es sino la confirmación del Antiguo.

En el nacimiento de la nueva Iglesia de Jerusalén vemos que este principio permanece:

“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.” (Hch 2.41-42)


Obsérvese el orden de los acontecimientos que aparecen en este texto:

1) Recibieron la Palabra
2) Se bautizaron
3) Se añadieron a la iglesia
4) Estudiaban la doctrina apostólica
5) Tenían comunión unos con otros
6) Participaban de la Cena del Señor (partimiento del pan)
7) Perseveraban en las oraciones

¿Cómo se sabía en el A.T. que alguien pertenecía al pueblo escogido? Por la circuncisión. En el N.T. la circuncisión es sustituida por el sacramento del bautismo, por eso dice el texto leído que solo después del bautismo se añadieron a la iglesia. Entonces solo los que están bautizados pertenecen a la iglesia visible y solo a ellos les es dado participar de la Santa Cena, pero no los extranjeros, es decir, los no convertidos.

“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos.” (Col 2.11-12).

Dar parte a los no bautizados en el sacramento de la Cena del Señor no es otra cosa que una profanación de la Ordenanza de Cristo. Los que no pertenecen a Cristo no pueden ser parte de este sacramento que representa la Comunión del Cuerpo de Cristo porque ¿Qué parte tiene el creyente con el incrédulo? Y ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y que acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque la iglesia es el Templo de Dios y no pueden participar de la misma comunión un creyente de Cristo con un idólatra, pues en su espíritu se hace uno con él (ver 2 Co 6.14-18).


b. Los que están en comunión con Dios y con los hermanos.

* Comunión con Dios

La Santa Cena también es llamada la Santa Comunión, debido a que en ella, por medio de la fe, se nos comunica la gracia de Dios y vida espiritual. Evidentemente, si no se toma con fe, no se recibe la cosa significada.

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.” (Jn 6.54-57).

Es paradójico que algunos ministros evangélicos crean que quien toma indignamente de la Cena del Señor la ira de Dios será sobre él/ella; sin embargo no creen que quien reciba este sacramento con fe reciba junto con él la cosa significada, es decir, la vida de Cristo. En otras palabras, creen que el sacramento esconde un misterio en el que los pecadores impenitentes son castigados pero no creen que son alimentados en sus espíritus con el Pan de vida que bajó del cielo y tampoco creen que ninguna gracia les sea comunicada. Solo se apropian del aspecto negativo del sacramento y dejan de lado la bendición.

Sin embargo en las palabras de Cristo quien come su carne y bebe su sangre muestra con ello que permanece en Él y viceversa.

En el sacramento Dios está presente de manera especial. En la sangre está la Vida y el pan es vida igualmente para nutrir el cuerpo, así como Cristo es vida que alimenta nuestras almas.

Se equivocan aquellos que no ven en este sacramento mas que un mero símbolo o recordatorio, ya que en él se nos comunica la gracia de Dios de la cual nos apropiamos por medio de la fe.

Los elementos presentes en la Mesa del Señor no tienen boca pero hablan. Me gustaría ver la expresión de muchos cristianos, sobre todo a los judaizantes, si tuvieran presentes en sus iglesias el Arca del Pacto. Me los imagino perplejos admirados no solo por su belleza material recubierto de oro sino porque representa la presencia de Dios y pregunto ¿Acaso no estaba Dios presente con su pueblo constantemente? ¡Por supuesto! Pero cuando estaba el Arca del Pacto esto significaba esa misma presencia pero que percibida por los sentidos físicos, como la vista, inspiraba fe, temor y reverencia.

Lo mismo sucede con la Mesa del Señor. El Señor siempre está con nosotros pero en el sacramento se encuentra presente de una manera especial. El Arca del Pacto también era llamado el Arca del Testimonio porque Dios hablaba por medio de él. De igual manera, la Mesa del Señor es la Mesa del Testimonio que Dios da a su iglesia y en la que nos dice: “Este es el Pacto Nuevo y eterno que he establecido con vosotros por el sacrificio de mi Hijo Jesucristo y en el cual obtenéis el perdón de vuestros pecados”. ¿Acaso es este emblema inferior que aquel? ¡De ninguna manera! Este no es de oro sino de sencillas especies como el pan y el vino pero que santificados por la oración del Ministro pasan de ser de uso común para un uso sagrado.

El apóstol Pablo no tenía duda de que participar del sacramento tenía una implicación espiritual. Si los que participaban de las ofrendas dadas a los ídolos era participar de la comunión de los demonios, es evidente que participar de la Mesa del Señor era participar de Su presencia.

“Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?” (1 Co 10.20-22).

Me sorprendo cuando veo algunos grupos evangélicos que creen que la presencia de Dios está en la chaqueta del predicador y que cuando se las lanzan les es transmitida la gracia. O cuando un ministro impone sus manos y creen que cuando les tocan les transfieren la unción; o cuando reciben un pañito ungido del predicador tal o cual. ¡Creen que por estos medios es impartida la gracia, sin embargo no creen que haya ninguna impartición de gracia en algo tan solemne como la Institución de Cristo en el sacramento de su cuerpo y de su sangre.



* Comunión con los hermanos

La Santa Cena también representa la unidad con la Iglesia. Todos venimos a representar un pedacito de ese pan partido, que a su vez representa el cuerpo místico de Cristo, es decir, Su Iglesia.

“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.” (1 Co 10.16-17).

En la Copa se nos comunica la sangre de Cristo, presente en el sacramento en su espíritu, y que está presto a remitir todos nuestros pecados si creemos de todo corazón.

De igual manera en el Pan se representa la unidad de su Cuerpo, pero si hay discordia, murmuraciones, chismes, odio y divisiones entre los hermanos, las personas involucradas no debieran de participar de algo que representa lo contrario a sus acciones. Quien ataca o murmura a la iglesia de Cristo, ataca y murmura contra el mismo Cristo, por tanto quien toma del pan come el juicio de Dios que caerá sobre su vida.

“Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados. Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor.” (1 Co 11.17-20).

“De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.” (1 Co 11.27).


¿Cómo puede uno hacerse culpable del cuerpo y de la sangre del Señor? ¿Acaso estuvimos allí cuando le mataron? Por supuesto que no, pero cuando afrentamos a la iglesia lo hacemos contra Cristo mismo y muy especialmente cuando se tiene en poco el sacramento que le representa. Todo lo que se haga al sacramento se le hace a Cristo. Quien lo desea, desea a Cristo. Quien lo aborrece, le aborrece a Él. Recordemos el Arca del Pacto para que tengamos más claro el pensamiento que quiero transmitirles. El Arca no era Dios pero cualquier actitud en relación al Arca era como hacerlo al mismísimo Dios. Uza lo tocó deliberadamente y murió sin misericordia. Obed Edom lo recibió en su casa con reverencia y amor y fue bendecido. Lo mismo sucede con la Mesa del Señor. Ninguna de nuestras actitudes se escapan a la vista de Aquel que tiene ojos como de fuego.


2. ¿ES OBLIGATORIO PARTICIPAR DEL SACRAMENTO?

Esta pregunta se puede responder con otra pregunta: ¿Es obligatorio bautizarse? La respuesta en ambos casos es SÍ. El motivo es que ambos Sacramentos son además Ordenanzas que nuestro Señor Jesucristo instituyó en el Evangelio. Ni bautizarse, ni participar de la Mesa del Señor son actos opcionales sino mandatos del Señor. Por tanto quien se niega obstinadamente a participar de los elementos desobedece a Cristo, excepto aquellos que hayan sido apartados por la disciplina eclesiástica.


a. La Pascua: Un estatuto perpetuo.

La Pascua, tipo del Sacramento de la Santa Cena, debía ser observada permanentemente por mandato de Jehová:

Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre. Y cuando entréis en la tierra que Jehová os dará, como prometió, guardaréis este rito. Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró.” (Ex 12.24-27).

Por este texto entendemos que el Señor no vino para abolir la Ley sino para darle cumplimiento, solo que en el N.T. él es el Cordero Pascual.

“Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.” (1 Co 5.7).

¿Se imaginan ustedes que llegara el día de la Pascua y que algún judío no se preparara para celebrarla? La Pascua representaba la liberación del pueblo de Dios de mano de los egipcios, y ahora representa la liberación espiritual de la iglesia. ¿Hay alguien tan desagradecido que no se prepare para conmemorar tan maravilloso evento?

En aquel entonces era un banquete en el que todos los hijos de Israel comían de un cordero para celebrar su liberación. Pues ese Cordero que quita el pecado del mundo es Cristo, quien está presente en su espíritu en los elementos del pan y el vino. El principio permanece, solo cambian las formas ¡Este es el banquete del nuevo pacto!


b. La Cena del Señor: Una Ordenanza permanente.

Nuestro Señor habló de su Cena como una Ordenanza a ser observada por su Iglesia hasta su Venida. Siempre habló de la misma en imperativo “Tomad”, “Comed”, “Bebed”. Pero no solo es un mandato para unos cuantos sino para todos: “Bebed todos”

“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” (Mt 26.26-28).

Las personas que pertenecen al pueblo de Dios están obligadas a guardar esta ordenanza y participar de ella dignamente, de manera, que este sacramento nos obliga y nos compromete con Cristo, tal y como quedó establecido al haber sido bautizados.

Si alguien sabe que es el día de tomar la Cena del Señor y por ese motivo se ausenta del culto, al rechazar el sacramento rechaza al mismo Cristo, quien está presente en él por su Espíritu. De igual manera, quien estando presente en el culto, se levanta para alejarse de la Mesa del Señor afrenta al Señor mismo, mostrando así su lejanía espiritual al alejar su cuerpo de los elementos.

Y si otros, por evitar alguna posible murmuración, participan indignamente sin confesar sus pecados y sin intención de apartarse de ellos, comerán y beberán para su propia condenación y castigo.

Pero si alguien se acerca a la Mesa del Señor reconociendo su debilidad e indignidad pero con fe en el sacrificio de Cristo, Dios le hará digno y aceptable para participar del sacramento por los méritos de Cristo.

Aquellos que piensan que no son dignos de participar de la Cena del Señor teniendo a Cristo como eficiente Mediador están demostrando su débil fe en su sacrificio; y quien no es digno de la Mesa del Señor tampoco es digno de orar, pues quien no puede acercarse a Su Mesa tampoco puede acercarse a Su Trono y mucho menos ejercer ningún servicio en la iglesia.

El acercarse al sacramento no depende de nuestro nivel de justicia o santidad personal, sino del nivel de la justicia absoluta de Cristo, quien fue tentado en todo pero nunca pecó. Si pongo mi confianza en mi consagración personal estoy mostrando con ello que soy aceptable a Dios por mi justicia personal y por tanto Cristo queda relegado a un segundo lugar. Para muchos Cristo no es un Salvador absoluto porque piensan que la mitad de salvación la aportó Él y la otra mitad es contribución nuestra. Esto es desconocer y pisotear la doctrina de la gracia. Nuestra salvación está completamente FUERA de nosotros, es decir, en Cristo. Nuestra parte es creer en su oficio mediático ante el Padre y su constante servicio salvífivo. Quiero decir con esto, que no se trata de que un día el Señor nos salvó, sino que nos salva permanentemente, de manera que estamos asegurados plenamente por su función sacerdotal, nunca por nuestro esfuerzos humanos que no son sino trapos asquerosos delante de Dios. El autor de la carta a los Hebreos dejó esto bien claro al escribir:

“Mas éste [Cristo], por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” (Heb 7.24-25).


CONCLUSIÓN

La Cena del Señor es una Ordenanza que debe ser guardada en la iglesia hasta el día de Su venida, en la que solo pueden participar los que son parte del pueblo de Dios, mostrando su pertenencia al mismo al recibir el sacramento del bautismo.

Además de ser exclusiva del pueblo de Dios, debe procurarse bajo la Ordenanza de Cristo, la participación de todos, como señal de la unidad de la Iglesia como un Cuerpo unido a Su Cabeza, es decir, Cristo.

Solo son dignos los que se sienten indignos, pero que confesando sus faltas y examinando sus conciencias confían en Cristo para ser aceptados por el Padre para participar de su banquete. Por el contrario, los soberbios y pecadores impenitentes serán reo del justo juicio de Dios. Unos comen para bendición y vida, y otros para su propia condenación.